PREGÓN DE LA
SEMANA SANTA DE
SEVILLA
D. ENRIQUE ESQUIVIAS DE LA CRUZ
25 DE MARZO DEL AÑO DEL SEÑOR DE 2007
ENTRADA
Hoy más que nunca, me gustaría que mis palabras pudieran llegar a los que
sólo conocerán este pregón a través de la lectura; a los que no han podido disfrutar
escuchando Amargura, ni lo harán en esta vida, como aquella niña que lo primero
que oyó fueron las campanas del Cielo el día que supe que estaría con vosotros; a
los que no saben por qué nos gusta tanto el arranque de Estrella Sublime o el trío de
Esperanza Macarena; a los que nunca oirán las bambalinas de Gracia y Esperanza,
resonando contra las paredes blancas de Caballerizas, tan solo vestidas con la luz
de la candelería de Su paso, en ese momento de la noche en que vemos marcharse
a la Virgen camino de San Roque, a compás de los versos de Rodríguez Buzón y
nosotros nos quedamos solos, pisando el suelo que un momento antes pisaron Sus
costaleros, dudando entre rematar en Triana, en San Juan de la Palma o en San
Julián el día que estuvimos esperando todo el año y se nos ha escapado de la
memoria sin darnos cuenta. Quisiera hacer temblar las entrañas de los que viven en
un mundo de silencios, cuando una campana seca, destemplada y acompasada de
un muñidor anuncia cortejo mortuorio de otra época, y lo que ya se nos escapa es la
semana entera que sirve de excusa para el resto del año; una Mujer con Su Hijo en
brazos, muerto por amor, cruza las calles cansadas del bullicio, dieciocho dolientes y
una ciudad por testigo. Quisiera hacer llegar mi voz a los que no saben cómo es el
rugido de expectación de otra Campana, después de la larga espera, cuando seis
ciriales doblan la esquina de la antigua Farmacia Central, confirmando que la Más
Hermosa entre las mujeres ya está parada en El Duque, a punto de dar la Madre de
todas las Chicotás. Me dirijo a los que ignoran el crujido del madero del Crucificado
de La Magdalena, tan muerto que todo a su alrededor llama a la muerte, Calvario
inmenso de negrura que cruza Sevilla entre Esperanzas de Resurrección; o el
tintineo de las campanitas de la borrica de la ilusión; el de las águilas de plata de la
Señorita Alfarera, que pintaba loza fina en un taller del final de la calle Castilla; el
crepitar de los hachones del que fue de Burgos y lo quisieron en Sevilla; los cantos
de las Hermanitas a la más Señorial y más Amarga; el ruido de los corbatines contra
los varales de la Panadera que engendró el Pan de Amor; el de los rosarios
chocando contra doce varales calados, tan huecos como el sueño que dibujó un
paso en sepia y marfil de un Jueves Santo que sólo existe en una calle Feria de
oficios y mantillas; el redoble inconfundible de la Centuria; los solos de Julio Vera; la
voz señorial, sacada de las viejas dinastías de los muelles, de Rafael Ariza
mandando a su Virgen del nombre redondo; la de Alberto Gallardo llamando a su
gente canela y clavo, para romper la mañana delante de una Gitana de piel morena
y mantilla fina de encaje, Angustiada porque quieren matar a Su Hijo. Le hablo a los
que nunca notarán cómo se descompone una marcha cuando la banda nos deja
atrás, invirtiendo el orden de los instrumentos, mientras se disuelve la espera y nos
quedamos con la mirada clavada en un manto, una corona y unos candelabros de
cola.
Y me dirijo también, cómo no, a los que todos los años vemos en las mismas
calles, en las mismas esquinas, en las mismas sillas de rueda, a la misma hora y
viendo la misma cofradía; a los que tienen que seguir disfrutando de la mano del
padre o la madre, a pesar de que el calendario de la vida pudiera presumir otra cosa
o a los que en la Ciudad de la Luz nunca la disfrutarán, como ese hombre, que yo
conozco, repartiendo ilusiones todo el año entre El Duque y El Museo, que recobra
la vista un lunes de primavera con la Fe y la Devoción, a través del brillo de la
mirada más limpia y transparente de toda Sevilla, la de su Virgen de las Aguas.
Hoy alzo mi voz por aquellos a quienes la vida quiso poner más trabas de las
que ya de por sí tiene para todos, pero el Cielo les mantuvo la gracia de ser cofrades
en Sevilla.
LA LARGA ESPERA
Con la Venia de Su Eminencia Reverendísima, Excmo. Sr. Alcalde, Ilmas.
Autoridades, Sr. Presidente y Miembros del Consejo General de Hermandades y
Cofradías, cofrades y amigos que me acompañáis en el teatro o me seguís a través
de la televisión o la radio, señoras y señores:
El 16 de Abril de 2.006 todo el Orbe Cristiano conmemoraba el
acontecimiento más grande de la Historia, la Pascua de Resurrección. Nuestra
ciudad había amanecido con una aparente calma. Los templos, ya presididos por el
Cirio Pascual, escondían celosamente el misterio que habían desparramado por las
calles unos días antes y nada hacía pensar que éstos hubieran tenido algo especial.
En definitiva, Sevilla volvía a su vida normal y nosotros dejábamos de identificar sus
rincones con una ciudad irreal que sólo habíamos soñado la semana anterior. Pero
sin solución de continuidad, volvimos a echarle un pulso a la realidad para
construirnos otra ciudad, mucho más artificial, y durante seis días ponernos El
Mundo por montera y farolillo. La Feria pasó y las tardes empezaron a crecer. Llegó
el mes de las flores a María, y un buen día miles de sevillanos se echaron a los
caminos en busca de una Pastora de sonrisa amplia y corazón puro, que vive en una
marisma orgullosa de ser la Madre del Niño Dios que juguetea en sus brazos.
Volvieron los peregrinos y casi sin tiempo de limpiarse el polvo del camino, se
unieron al resto de sus paisanos para acompañar a Su Divina Majestad por las
calles, mañanita fresca de romero, altares y Custodia de plata, tarde de ciudad
soñolienta y desierta. Tiempo de apreturas de calor, de una ciudad que avanzaba sin
remisión camino del estío. Y el General Verano plantó definitivamente sus huestes
en Sevilla, que no tuvo más remedio que rendírsele, como cada año, para pedir, una
única mañana, permiso de cautiverio y pasear a su Reina de Reyes entre varas de
nardos.
Pero no hay pena que cien años dure ni verano que aguante la llegada del
otoño y de una ciudad que recobraba poco a poco el pulso, entre advocaciones de
La Madre: Dolores, Mercedes, Rosario... La luz blanquecina que había anestesiado
todo en verano iba tomando tonos dorados y los plataneros repartidos por las calles
las cubrían de caprichosas alfombras jugando al viento. Llegaron las lluvias mientras
nos preocupábamos de recordar a los que se fueron para siempre. En los sitios más
habituales volvimos a ver colgados, como cada año, talonarios con las Imágenes
que tanto queremos, extrañas cuentas de un rosario de adviento. Celebramos la
proclamación de nuestro Dogma y un buen día, ya metidos en los fríos, entre Sevilla
y Triana, cinco Vírgenes Encintas bajaron a nuestras plantas para confortarnos en la
Esperanza de la Buena Nueva. Y la Buena Nueva llegó al son de una pandereta.
Nos comimos las doce uvas para celebrar el primer día de Quinario en San Lorenzo
y cruzó la ciudad una estela de ilusión, la noche mágica de los caramelos en que
todos quisimos volver a ser niños. Y otra vez, casi sin tiempo para más, la Ciudad
volvió a hacerle un guiño a la vida real para celebrar la Epifanía del Señor y la
Primera Función Principal de Instituto. A renglón seguido la que todavía, con sabor
antiguo, viene precedida de una Novena en honor al Señor que sufre, porque la cruz
de nuestros pecados lo está doblegando. ¿Quién me presta un templo para rezarte
una oración? ¿Quién me presta un templo para describir con una gubia de palabras
Tu belleza? ¿Quién me presta un templo para ser alivio de Tu Pasión? ¿Quién me
presta un templo para el Hijo de Dios en La Tierra?
Las convocatorias de cultos se sucedían en las puertas de las iglesias, como
hojas de un calendario que nos llevaba a un único destino, mientras los días
empezaban a crecer al ritmo de nuestra ilusión. Hasta que por fin, el Invierno
doblegó por completo reconociendo su final y dio paso a la antesala de lo eterno.
Las tardes ya no eran oscuras, frías ni húmedas, sino decorados por los que pasear
los sentidos y cada vez nos recordaban más a aquellas calles que habíamos vivido
en un sueño de siete noches de primavera. Un día, de regreso a casa, ya tarde, nos
encontramos con un ensayo y quisimos descubrir de qué paso se trataba, a través
de los grandes lienzos que todavía cubrían el misterio. En la Puerta Carmona
apareció la pancarta más entrañable y las tiendecillas de la Alcaicería se
encontraron con las apreturas de todos los años. Y alguna mañana hemos pasado
sin darnos cuenta bajo un naranjo y hemos sabido, con toda certeza, que el tiempo
de lo auténtico ha llegado. Como niños, hemos perdido las tardes visitando iglesias
donde las formas de la ilusión van tomando cuerpo y hemos vuelto a descubrir los
pasos, como si fuera la primera vez.
Pero todo eso ya ha pasado, sólo pertenece al mundo de lo real, el de los
sentidos es otro que hoy empieza, porque hoy es Domingo de Pregón. Atrás ha
quedado un año, con los mismos esfuerzos, alegrías y penas de siempre. Dejadlo
pasar, despertad vuestros sentidos y disponeos a disfrutar del gozo de la Verdad.
Sacudíos el tedio de todo el año, abrid los corazones y llenaos de ciudad. Hoy es
Domingo de pregón.
Y para anunciarlo esta ocasión, alguien cuyo bagaje, una vez más, ha tenido
que suplir el Delegado de Fiestas con la amabilidad y la corrección que han sido
norma de la casa durante estos años para todos nosotros y hoy, en el final del
trayecto, le agradecemos. Ante vosotros este año, alguien que tiene sus raíces
divididas entre un barrio de la Sevilla histórica, presidido por un mártir que le dio
nombre al Sol y la más hermosa de las vegas de España, a cuya Dueña se
encomienda en esta hora para que le colme de Su Gracia. Creedme bien si os digo
que hoy me atrevo a ponerme delante de vosotros porque estoy plenamente
convencido de que no soy más que una figura secundaria. No preocuparos tanto del
Pregonero, el verdadero protagonismo del pregón está en el patio de butacas,
delante de las televisiones, en cada transistor; este año yo el capataz, sí, pero
vosotros siempre los costaleros. Vosotros, que contáis los años por Domingos de
Ramos; vosotros, que de niños poníais un palote a cada día del calendario del
colegio, para saber cuánto faltaba; vosotros, a quienes os sorprendieron al mismo
tiempo vuestra madre y la adolescencia, con una mesilla de noche con cuatro velas
encendidas en la cabeza, una marcha en el tocadiscos y el pasillo de casa
convertido en La Campana, a la hora del estudio de cualquier tarde de febrero;
vosotros, que en plena juventud os ibais a las tiendas de turistas de los alrededores
de la Catedral, para buscar las postales del escudo de oro que os faltaban de la
colección; que sabéis que el Foso se llama Palos de la Frontera y el tramo de los
antiguos Juzgados Almirante Apodaca, porque lo aprendisteis en aquel programa
Orientación, que traía cada año en la portada unos faroles de cruz de guía distintos y
se os iba arrugando en el bolsillo de la chaqueta durante la semana, al mismo ritmo
que se arrugaba la ilusión de la espera; que os da un pálpito de extraña emoción
cada vez que tenéis que abrir un altillo para cambiar la ropa de temporada y veis la
bolsa donde tenéis lo que para cualquier otro no es más que una simple túnica; que
guardáis las papeletas de sitio como cuentas del rosario de la vida, que reserváis la
última mirada de la noche a la medalla que cuelga del cabecero de la cama. A
vosotros, que soñáis ya con lo que tenía que llegar, os pido que peguéis el cuello
contra el palo de La Verdad, metáis los riñones de la Ilusión y os vengáis conmigo a
pasearnos por la Ciudad que nos está esperando. Gracias querido Tte. Alcalde, pero
mía no es la palabra sino de ellos, siempre de ellos. ¡Sevillanos!, si estáis puestos,
no os lo dejéis robar nunca, a esta es vuestro pregón.
TESTIMONIO DE FE
Y aquí estamos, un año más, después de la larga espera, dispuestos a
plantarnos en la calle y hacer girar una ciudad entera a nuestra medida durante una
semana. ¿Pero, por qué lo hacemos? Por seguir una tradición de siglos, una simple
costumbre, ¿somos folklore?, ¿cultura?, ¿un fenómeno antropológico? ¿Realmente
pintamos algo en la sociedad actual? Quizás la pregunta tenga que ir un poco más
allá e interrogarnos si pintamos algo en la Iglesia actual. ¿Para qué y por qué
salimos a la calle? ¿Quién viene caminando junto al Sumo Sacerdote? ¿Cómo se
atreve a discutirle al poder establecido de lo políticamente correcto? Ni siquiera lo
mira, pese a estar maniatado mantiene un extraño y distante gesto de desdén, ante
quien todos los demás inclinan la cerviz en señal de sumiso respeto. ¿Cómo es
capaz de convocar a esa multitud? ¿Qué tiene para que cientos de hombres y
mujeres lo acompañen durante tantas horas. ¿Es un loco?, ¿un revolucionario? ¿O
es simplemente el Hijo de Dios?, el único capaz de asegurar la Vida Eterna. Dichoso
tú, Pedro, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino Mi padre del
Cielo (Mt. 16, 17-18) Dichosos vosotros, gente sencilla del Tardón y del Barrio León,
porque eso que decís no os lo han dicho ni los que mandan, ni los poderosos, ni los
alquimistas de las promesas, sino la Fe de un pueblo. Dichosos hombres y mujeres
de Sevilla que cada año salís al encuentro de Dios y Su Madre, sin más
protagonismo que el de vuestra presencia y vuestro acompañamiento, ajenos
quizás, a los entresijos de la Cofradía que contempláis e incluso con menos
asistencia de la deseable a las iglesias durante el resto del año, pero fieles
cumplidores de una cita que os la marcaron la Fe, la Devoción, el Tiempo y la
Historia. Y vosotros, cofrades más comprometidos, cada vez que os impidan cruzar
una acera con comodidad, cada vez que os obliguen a tomar el camino más largo
por esas calles que sólo utilizáis estos días, cuando estéis un rato parados en la
cola de Cerrajería para cruzar Sierpes, cuando una madre con un carrito ocupe todo
el ancho de Alvarez Quintero o cuando una pandilla de jóvenes esté armando más
ruido de la cuenta en la Encarnación, cada vez, en fin, que penséis que estaríais
mejor con menos gente, no olvidéis que esa bendita Bulla es el mejor manto de
fortaleza, el que nos ampara, nos cobija, nos justifica y nos protege. Salimos a la
calle para dar un testimonio de Fe y el testimonio necesita testigos. A las
Hermandades no solo las mantienen las Juntas de Gobierno, los cofrades
ejemplares, los curas, el Consejo o el Pregonero, sino esos miles de sevillanos
anónimos, que se echarán a la calle buscando algo más que la estética o la cultura,
algo que quizás ellos mismos no sepan explicar como tampoco lo sabían los cinco
mil que lo siguieron hasta Betsaida y a los que tuvo que dar de comer (Lucas 9, 10-
17). Ellos también buscan un alimento, el de su propia salvación. Por eso, nuestra
responsabilidad radica, precisamente, en que este sueño maravilloso que estamos a
punto de vivir un año más, no se quede en una simple manifestación externa, sino
que seamos capaces de conectar a toda una ciudad con el Misterio de la Fe.
Corren tiempos difíciles para los creyentes. Hemos alcanzado la prosperidad,
el llamado Mundo Occidental camina con paso firme hacia un bienestar que parece
no tener límites, La Sociedad cree que así alcanzará la Felicidad y se ha permitido el
lujo de olvidarse de Dios. Ya no lo necesita, lo desprecia, pero a quien está
despreciando realmente es a sí misma mientras toma rumbo a ninguna parte. Qué
majestuosidad la tuya Señor, cuando guardas silencio ante ese reyezuelo de
pacotilla que se ríe de ti sin saber, pobre ingenuo, que se está riendo de su propia
fealdad. Qué joyas de opereta, cómo se regodea en su propio vacío, rodeado de su
camarilla de esbirros. Qué mamarracho de rey, aferrado al lujo pasajero y convertido
en marioneta de sus propias limitaciones. Cayetano González no pudo haberlo
hecho mejor, Señor, ni rodearte de forma más certera: Avanzas majestuoso en Tu
poderoso canasto, inspirado en la peana más inspirada y más mía, avanzas con el
señorío del que se sabe la única Verdad, el único camino a la Vida Eterna, mientras
que ese monarca de la nada que se atrevió a despreciarte pensando que no te
necesitaba, se jacta en su propia ignorancia.
Pero no siempre resulta fácil permanecer firmes en nuestros principios, como
lo hiciste Tú, Señor. No siempre aguantamos impasibles ante el poder, aun cuando
ello nos suponga que nos despojen de todo, como hacen contigo en Molviedro o
recibir algún que otro manotazo, como el que te propina ese miserable sayón
cuando regresas a San Lorenzo o como los que recibe Tu Vicario en La Tierra por
hablar de Paz, de Perdón, de Amor, por viajar a predicar tu palabra allí donde no se
atreven los que sólo saben hablar agazapados. Sin embargo salimos a la calle para
anunciar el Evangelio, porque por encima de todo somos Iglesia, la que él dirige y
así nos tienen que aceptar, como fenómenos religiosos, más allá de un valor cultural
que nadie niega, pero que nunca puede ni debe ser fundamento de nada, ni menos
aun justificación de una realidad que se mantiene viva desde hace siglos.
VENCEDOR DE LA MUERTE
Esa dimensión es, precisamente, la que nos hace fuertes y la que nos permite
encontrar respuesta a todo, incluso a aquello que ni el Progreso, ni los mayores
adelantos de la Ciencia, encontrarán nunca solución ni menos aun explicación,
aquello que sólo Tú eres capaz de vencer, La Muerte.
La vences a primera hora de la tarde junto a las murallas del viejo arrabal de
San Julián o cuando cae la noche y te recortas entre los tejados de Santa Cruz,
implorando por todos nosotros ante un final aceptado que ya está marcado en Tu
perfil, la mirada al cielo buscando un último aliento que no llega. La vences cuando
en Tu serena belleza yaces en la hora del sepelio, mientras se forma una comitiva
de dolor y ausencia junto a Tu Madre de Villaviciosa, evocando composiciones
decimonónicas, o regresando a San Martín, mientras el militar clava una Lanzada de
muerte sobre Tu propia Muerte.
La vences cada Martes Santo, con el testimonio de cientos de estudiantes de
la Vida. Un hombre ha muerto en la sencillez más absoluta, no hay oros, ni tallas
repujadas, ni bordados a su alrededor, tan sólo cuatro hachones, enmarcando su
figura tan muerta en medio de la luz. Pero vedlo bien, no tiene el rictus de la parca,
no ha podido con Su belleza ni con Su serenidad. En el rostro se adivina que ha
muerto sabiéndose por una causa justa. Se diría dormido, mientras pasa bajo el
Postigo en la hora de la media tarde; la piel tersa, los rasgos suaves, es la belleza
de la Muerte. Cruza la Plaza Nueva en medio del bullicio, público de tarde, la plena
luz del día sobre la fachada del Ayuntamiento, todo invita a la alegría y la vida
mientras Dios cruza serenamente muerto, ajeno a su propio entorno, silente en
medio del gentío, hermosamente muerto, ¡qué pronto te llevaste a Juan, Señor de la
Buena Muerte!
Y la vences en el Patrocinio
No te mueras Cachorro, que quiero soñar contigo las tardes que caen por el
poniente del Aljarafe.
No te mueras Cachorro, que Tú eres el mástil al que se abraza nuestra Fe, en
este Mundo sin creencias.
No te mueras Cachorro, que Tú eres el faro que nos sirve de guía, en este
Mundo perdido y sin rumbo.
Sigue respirando Cachorro, que tu aliento es la brisa que llega de Bonanza
con la marea, para refrescar nuestra desesperanza.
No te mueras Cachorro, que tu Sudario se mueve con los suspiros de los que
te imploran.
No te mueras Cachorro, porque si Tú te mueres, todos moriremos contigo.
No te mueras Cachorro, que Tú eres el principio y el fin, el todo y la nada, la
pregunta y la respuesta, la razón y el misterio.
No te mueras nunca Cachorro, porque te necesita el Mundo, te reza Sevilla y
te quiere Triana.
LA PAZ
Dicen que los años de universidad, para los que hemos tenido la suerte de acceder
a ella, son los mejores de la vida. Desde luego no son los años en los que nos
suceden las cosas más importantes, pero sí es cierto que se viven de una manera
especial. Quizás la falta de preocupaciones, de responsabilidades o sentirse con
toda la vida por delante, hacen que guardemos de aquellos años un recuerdo
imborrable. ¡Yo he sido Legionario del Porvenir! Esta frase, que os pueda parecer
extraña y casi estrambótica a muchos de vosotros, es la forma cariñosa que tenía un
capataz de llamar a sus costaleros, de aquella cuadrilla de la que formé parte mis
años universitarios y no olvidaré nunca. La habíamos empezado a formar al socaire
de las primeras cuadrillas de hermanos. Éramos los costaleros del Señor de la
Victoria y de Su Madre, La Virgen Blanca. El primer año no pudimos salir, toda
nuestra ilusión, todos los lunes de un año entero ensayando, se quedaron
encerrados en una chicotá interminable, entre las paredes de la parroquia de San
Sebastián, mientras el Cielo se ensañaba groseramente con aquel Domingo de
Ramos. Pero sí lo hicimos los años siguientes. Teníamos el privilegio de ser los
primeros en levantar un paso en Sevilla y con nuestro Señor de la Victoria y Sus
nazarenos blancos entrábamos en el parque para provocar una hermosa nevada de
primavera. Llegábamos al Centro por el Arenal, a través del postigo que vigila, desde
su Garita de Gloria, la más Pura de las Centinelas. Tras cruzar y dejar atrás la
Carrera Oficial, salíamos de la Catedral y a la hora en que la mayoría de
Hermandades iniciaban su estación, nosotros ya íbamos de vuelta. La caída de la
noche solía coincidir con el regreso por el parque, pero era muy distinto a la ida, ya
no había globos, ni garrapiñadas, ni carritos de niño. La luz y el colorido de la
mañana habían dado paso a una uniformidad oscura en la que se confundían, desde
el verde de la arboleda hasta el blanco de las túnicas, uniformidad tan sólo rota por
la candelería del paso y el azul crepuscular de la rendición del día, donde aun se
recortaban las torres de la Plaza de España. Al llegar al final, mientras la cofradía se
recreaba, antes de entrar definitivamente en su barrio, siempre me venía a la
memoria el pasaje del Evangelio del Monte Tabor: Señor de La Victoria, que a gusto
estamos aquí, haremos una cabaña para Ti y otra para nosotros y nos quedaremos
para siempre en las calles de una ciudad que hicieron para que cada año vuelva a
nacer contigo otro Domingo de Ramos.
Aquel capataz que nos mandaba era un hombre de talla pequeña, mirada
penetrante y un corazón que se le salía del pecho. Se llamaba Manuel Santiago y
hace algunos años ya que forma parte de la Cuadrilla de Capataces en la Gloria.
Manolo formó varias cuadrillas de hermanos en Sevilla, abría la Semana Santa con
La Paz y cerraba la Pascua con el Señor Resucitado, pero tenía las ideas muy
claras, no en vano, era un capataz de la vieja escuela y había tenido un gran
maestro, porque hubo un tiempo en que los hermanos elegían a su Junta de
Gobierno, la Junta al capataz y el capataz a sus costaleros y cada cuál sabía
perfectamente dónde empezaba y dónde terminaba su tarea; y aquello no era
autoritarismo sino orden y sentido común. Pero ese equilibrio se invirtió en algunos
casos y de aquellos polvos vinieron algunos lodos molestos. Qué hermoso gesto de
amor y cariño el de quienes se visten con una túnica sólo por devoción, sin
preguntar el nombre de su diputado de tramo. Qué hermoso gesto de cariño, que sé
que es el de la mayoría, el de aquellos que hacen un esfuerzo bajo el anonimato de
un faldón sólo por devoción, sin más exigencia que la de su propio sacrificio, sin más
recompensa que la de continuar una tradición y sin más protagonismo que el de
unas Sagradas Imágenes.
TRADICION Y RENOVACION
A menudo las Hermandades son tachadas de inmovilistas, como también se
acusa a toda la Iglesia, por no seguir las pautas de quienes desde la aparente
tolerancia, pretenden imponer la uniformidad de unas ideas que niegan la
preexistencia de cualquier valor. Sin embargo, un mero acercamiento al mundo de
las cofradías, ni siquiera con un estudio profundo, sólo conduce a la inequívoca
conclusión de que somos un fenómeno absolutamente cambiante en todo aquello
que no afecta a los fundamentos de nuestra Fe y a la Tradición formada sobre ésta,
y en ello radica, precisamente, que después de tantos siglos, sigamos siendo
actuales.
Esa adaptación a los tiempos es la que nos obliga siempre a estar atentos a
las nuevas situaciones. Hay que abordarlas sin precipitación, pero sin inmovilismo.
No podemos cerrarnos a las nuevas exigencias. Esta ciudad cambia y sus cambios
exigen reacciones por nuestra parte. Hay grandes zonas de Sevilla donde se hace
necesaria nuestra presencia. Allí donde nuestra diócesis hace el esfuerzo de
construir nuevos templos y parroquias, allí donde más dificultades encuentran los
que quieren vivir su Fe comprometida, por qué negarles la posibilidad de expresarla
como siempre hemos hecho, a través de la Religiosidad Popular, siempre que ello
responda a una verdadera necesidad de culto y a una devoción auténtica. No
podemos revelarnos contra las leyes de la física, las distancias son las que son, la
semana tiene siete días, cronológica y litúrgicamente, y cada día tiene 24 horas, la
multiplicación de los panes y los peces la hizo El Señor, nosotros no somos
capaces, pero por Dios, no le demos la espalda a esa nueva Sevilla que crece en
una sociedad ajena a lo trascendente.
Es cierto, nos lo preguntamos a menudo, hasta dónde vamos a llegar, habrá
que poner algún coto, pero ¿Podemos vallar el campo de la devoción y de la
oración? ¿Qué pensarían los sevillanos del Siglo XVIII, de unos niños que formaron
una cruz de mayo en un barrio de extramuros y después quisieron convertirla en
cofradía para refugiarse con Ella del Mundo? ¿Qué pensaron, hace ya más de un
siglo, los que vieron a una hermosa Paloma dolorida y olvidada, que hoy celebra Su
Santo, levantar el vuelo en Triana y marcharse donde no había nada para
encarnarse en barrio nuevo y llorar con él por tantos concebidos, a los que ni
siquiera le dan la oportunidad de nacer? ¿A qué pueblo te presentan Señor? ¿La
Calzada es real, o sólo pertenece a nuestra ciudad soñada? Nervión no es histórico,
pero estuvo sediento de oración y fue saciado. Y cuando suenan tambores en
Viapol, ¿estamos reproduciendo una estampa barroca de la Contrarreforma o
recibiendo a un barrio del Siglo XX, que ya no está ni desamparado ni abandonado?
Y qué pensaron de Ti, Señor, hace cincuenta años, cuando cruzaste por
primera vez el Tiro de Línea, no el de ahora, ese maravilloso barrio, perfectamente
comunicado y en pleno centro del nuevo entramado urbano de Sevilla, sino aquél
más humilde que recordáis en blanco y negro, aislado por las vías del tren y con un
único cordón umbilical que le unía al Mundo y se llamaba Avenida de los Teatinos.
Qué plan urbanístico me la robó que ya no la encuentro cuando vuelvo al barrio, ni
siquiera reconozco su antiguo trazado. ¿Tan alto precio hay que pagar por el
progreso? Si esa calle la hicieron para que Tú la cruzaras cada Lunes Santo,
cautivaras a la ciudad y le recordaras que aunque tus discípulos te abandonaron, Tu
barrio no lo hará nunca. Has cumplido cincuenta años y te has convertido en
Semana Santa de Sevilla en estado puro. Pero Tú has existido siempre Cautivo, lo
has hecho en la esencia de una ciudad que te ha querido siempre, anudado con un
mismo cíngulo a la mayor devoción de Sevilla y su más hermosa prolongación del
Siglo XX.
Seiscientos años de Religiosidad Popular, muchas veces ninguneada,
cuando no abiertamente atacada. Nos quedamos en las formas externas, caemos en
el fetichismo, no sabemos anunciar el Evangelio, la imagen que damos con
frecuencia es superficial. ¿Y quién tira la primera piedra? Es cierto, no somos más
que un grupo de creyentes, con toda nuestra carga de humanidad y lo que eso
representa. Pero aquí llevamos más de seis siglos al servicio de nuestra Iglesia.
Esta es la Asamblea de Laicos de los cofrades de Sevilla, que ni son perfectos ni
son los mejores, pero siempre están al servicio de su Pastor, de los que estuvieron
antes y del que hoy cumple veinticinco años a nuestro lado.
Seis siglos, ya, formando parte de la historia de Sevilla … y cuántos llevas Tú
Nazareno revelándote contra La propia Historia. Cuántas madrugadas desafiando al
tiempo con la Mirada a ninguna parte. Cuántos años, Nazareno, enfrentándote a la
Noche para que la Noche muera contigo. Cuatro Siglos enseñándonos el camino,
Nazareno. Cuatro siglos abrazando nuestros pecados y nosotros sin escucharte.
Sigue navegando, Galeón que vas marcando el rumbo de la Devoción de una
ciudad, Te seguiremos como lo hicieron nuestros mayores, llévanos a la Luz de un
nuevo día, no permitas que esta ciudad naufrague en la desesperanza y en la falta
de valores, guíanos siempre a un nuevo amanecer, Primitivo Nazareno de Sevilla.
LA CIUDAD Y LAS COFRADIAS
Nuestra ciudad trasoñada, no en el sentido exclusivo de la expresión, sino la
que queremos compartir con todo el que se acerque sin dobleces, está hecha para
sus Hermandades y éstas no podrían existir sin ella. No es la ciudad oficial, ni la
histórica, ni la de los callejeros, ni siquiera la de las recomendaciones turísticas, sino
esa otra que sólo existe una efímera semana y se mantiene viva gracias a nuestros
recuerdos, más allá de la realidad pero mucho más cerca de los sentimientos.
No es cofradía de multitudes y menos aun cuando, hace ya algunos años,
acababa de trasladarse a la calle Feria. Con sus discretas filas de nazarenos y muy
poco público de testigo, avanzaba, silenciosamente elegante, la hermosa canastilla
del maestro Guzmán Bejarano. En la Europa, una anciana cantó una saeta sentada
en una silla de enea, a la puerta de una vieja casa que albergaba un asilo.
Estábamos casi en familia y al terminar, aquella mujer le prometió al Cristo que si el
año siguiente seguía allí le cantaría de nuevo. No puedo deciros si cumplió su
palabra porque fui yo quien faltó a la cita. Hasta que al cabo de los años, el destino,
la casualidad o quién sabe Dios, me llevaron de nuevo al mismo sitio y a la misma
hora. El público ya no era tan escaso, La Hermandad se había afianzado poco a
poco en su nueva sede y tenía un acompañamiento más numeroso, pero la vieja
casa y el asilo ya no existían. Tampoco estaba la anciana, supongo que moriría en
alguna cama de hospital medio sola, triste destino de tantos, cuando desaparecen
los lazos familiares. Por eso yo prefiero consolarme con la ilusión de que aquella
mujer no murió abandonada en una cama extraña, un día cualquiera y que un
Martes Santo, al pasar por su lado el Cristo que va recogiendo las almas de los
abandonados y de los que ya no le sirven a esta sociedad, también se llevó la suya y
a su lado permanece para siempre cantándole saetas de gloria.
Esta es la Sevilla mágica del gozo, que se transforma siendo la misma y
apenas es reconocible en el llamado mundo real. Pasaréis muchas veces por Dña.
María Coronel durante el año, pero ninguna de ellas os recordará la calle donde se
mezclan el azul del raso y el terciopelo, la plata del hilo y el metal, los naranjos, la
noche y un rostro de Mocita Hermosa de San Julián, y será totalmente distinta de la
que unas horas antes, cuando la tarde despuntaba, cruzó la Señora de Los Terceros
con Su belleza fina y elegante; todo es medido, los bordados de Juan Manuel, los
elegantísimos respiraderos, el relicario central, los faroles de cola, los corbatines y el
Rostro sencillo y purísimo de la Virgen del Subterráneo, que bajando por Gerona,
nos transporta a una Semana Santa que perdura en las viejas fotos en sepia del
pasado.
Sevilla de nuestra Memoria que nos deja acompañar al riquísimo y
elegantísimo canasto sobre el que cae tres veces el Condenado Inocente, mientras
regresa la noche más triste por una calle Francos de silencios y ternos negros,
diferente de la que unos días antes vio pasar al Señor que llora lágrimas de barro,
en medio de tanta tamborería.
Sevilla que nos transporta a una calle convertida en Cuna de Amor para el
Hijo de Dios. Viene avanzando con su pasito quedo con el mayor de los
recogimientos. Desde la distancia llama la atención la elegancia del conjunto, obra
de Mesa sobre canasto de Gijón. El perfil aguileño de quien ha dado su propia
sangre se recorta en la noche, alumbrado por los seis poderosos candelabros, la tez
cetrina, los rasgos de la Muerte en el Rostro, cruza la calle Orfila y provoca el primer
gran silencio de la Semana. Por Amor te entregaste, todo Tú eres Amor, Cristo del
Amor, danos la fuerza para amarte.
Y sólo un día después, otra calle Cuna, mucho más oculta y más íntima, sirve
para que un hombre humilde sea trasladado con discreción al sepulcro. En Su
cortejo no forman autoridades ni representaciones porque murió como un
delincuente, por enfrentarse a los que se creen más justos que nadie. Ni siquiera
están todos los suyos, lo abandonaron cuando cayó en desgracia. Un pequeño
grupo acompaña a Su Madre en esta hora, formando una escasa comitiva que cruza
la tarde del Lunes fugazmente, dejando un reguero de rosas de sangre por el que
más tarde tomaremos su Verdadera Cruz y le seguiremos. Lo haremos con
humildad, en un suspiro, sin alterar el silencio de la noche, tras la figura profunda
que nos transporta a un pasado remoto y se hace presente y real todo el año en la
calle Jesús; y a continuación sus paredes sostendrán al Señor de las Penas,
levantándolo una y otra vez para que siga caminando, mientras se gira suplicante
ante el tormento, buscando en la Gloria la compañía de un hombre que le entregó
toda su vida en forma de anales.
Sevilla de olvidos que escucha con indiferencia las Siete Palabras de un
Moribundo sobre un canasto de ensueño, arropado por los naranjos de San Vicente.
Sevilla de ausencias cuando la Virgen Niña de Monserrat regresa asustada
por una calle Castelar que se quedó Sola con San Buenaventura.
Sevilla esquiva, que nos muestra su belleza más íntima, ajena a los tópicos
de lo cotidiano, cuando en la última hora acompañamos a La Madre con Su Hijo por
la Plaza de Santa Isabel, uno más de los rincones de esta ciudad que parece
esconderse, como una niña vergonzosa, de las miradas de los que no ven más allá
de lo superficial.
Sevilla orgullosa, Sevilla oculta, ajena al Mundo que la rodea. Sevilla que
perdura y lo hará siempre y a pesar de todo, porque no existe en el Espacio ni en el
Tiempo, sino en todos y cada uno de nosotros, en nuestros recuerdos, en nuestras
vivencias, en nuestros corazones. Sevilla que muere y vuelve a nacer cada año,
como un sueño de una Noche de Primavera. Sevilla Eterna, Sevilla, siempre Sevilla,
ciudad que cautivas, ciudad cautivada, ciudad que maltratas, ciudad maltratada, así
te querremos siempre, Sevilla soñada.
TRES PALIOS DE CAJON
El Jueves Santo languidece poco a poco, mientras llega la hora de una nueva
Madrugada. Son momentos de confusión entre lo que termina y lo que está por
llegar. La Carrera Oficial ha entrado en una tensa calma de vigilia. En ese último
suspiro del día, por Castelar avanza un balanceo de muerte entre retales de bronce,
madera y sudarios que ventean; en Alemanes, El Hijo del Hombre más perfecto se
dobla bajo el tormento sobre un altar de oro y plata; cuatro faroles de caoba se
funden con la Muerte en Pilatos; la Cruz de la Salvación es alzada entre caballerías
en San Pedro … y tres Palios de Cajón ...
Uno regresa por Tetuán, antiguo, breve, para no ocultar la belleza de la
Virgen de los ojos verdes que viene rota de dolor y sin consuelo. La cera se ha
gastado de tanto alumbrar y Sus lágrimas se han secado de tanto llorar. Se siente
Sola, siguiendo a su Hijo que tiende una mano por la calle de la Amargura: ¡Mujeres
de Jerusalén!, no lloréis por mí, hacedlo por mi madre y acompañadla en este Valle
de Lágrimas (Lc. 23, 28).
Otro palio aguarda la espera, la cera está intacta y el llanto de la Virgen
Presentada también. Apenas se le advierte un gesto de temor ante lo inminente. No
ha llegado todavía la hora de la noche más profunda. ¡Mujeres de Jerusalén!, no
lloréis por mí, hacedlo por mi madre y acompañadla en este Calvario de Muerte (Lc.
23, 28).
Y el tercer palio, el mío, también aguarda la espera. Mi Virgen es pequeña,
delicada, de rostro suave. El Discípulo le habla pero Ella no le escucha, está
demasiado pendiente del momento que tendrá que salir detrás de Su Hijo. Pasará
toda la noche siguiendo los pasos del fruto de su Vientre, desapercibida una
Madrugada más, como lo está todo el año, cumpliendo con Su Evangélico papel
secundario. Pero siempre estará, en la Madrugada, acogiendo con Su Manto las
almas de los que Lo vieron pasar caminando y no pudieron seguirle; durante el año
en su Camarín, al que siempre podremos acudir, desviando la mirada, cuando no
nos atrevamos a mirarlo de frente, porque le hayamos ofendido otra vez. Es mi
Virgen del Mayor Dolor, la más discreta, la que siempre ha estado con los Suyos
desde el lejano día que se fundó la Hermandad del Traspaso en torno a Ella, la que
siempre nos acompañó en la Estación de Penitencia. ¡Mujeres de Jerusalén!, no
lloréis por mí, hacedlo por mi Madre y no la dejéis sola (Lc. 23, 28).
Un día pasa, una Madrugada llega y tres palios de cajón. Mujeres de Sevilla,
no las dejéis solas.
TRIANA
Sabemos y creemos por el Dogma de La Asunción, que María subió al Cielo
en Cuerpo y Alma. Pero lo que quizás no todos sepáis es que no se quedó allí. Que
nadie se asuste, yo sé bien lo que pasó y os lo voy a contar.
Llegando a las alturas, a la Virgen la empujó un viento de Levante que la hizo
cruzar el Mar Interior de los Romanos y la llevó al Sur de la Península más
occidental del Imperio. Y allí, donde Trajano, antes de ser Emperador desde su
Itálica natal, se había reservado una parcela poniéndole su nombre, se quedó María.
No era más que una vega llena de naranjos y de gente humilde y variopinta,
donde las noches de verano se organizaban “velás” al olor de los jazmines y las
damas de noche, sin más techo que un cielo azul que recortaba los tejados de la
ciudad, que desde la otra orilla le daba cobijo.
Pero La Virgen se sintió cómoda en aquel rincón de buena gente, le pidió
permiso al Padre para quedarse con ellos y viendo que no tenían nada entre el cielo
y la tierra, una noche sin luna escogió la Estrella más brillante y más hermosa y en
ella reflejó Su llanto, el mismo llanto de las mujeres que veían partir a sus hijos por el
río para no regresar.
Llanto Puro de Mujer Pura que llora, Tu Rostro nació cuando quisieron pintar
el dolor de madre a un lucero atrapado en un azulejo de la calle Alfarería, No sé si
eres La Belleza que llora o El Llanto hecho belleza, pero sí sé que fuiste el primer
regalo de este pregonero y desde aquel momento, Estrella, su mejor guía.
Pero La Vida no resultaba cómoda para aquella gente que a duras penas
resistía calamidades, invasiones, epidemias y la ausencia de los que se marchaban
al Nuevo Mundo y no volvían nunca. Por eso la Virgen quiso darles algo más para
que no desesperaran, arribó una goleta que había subido de la barra de Sanlúcar y
se hizo Casa Redonda de Expectación, donde tuvieron cabida todos los marginados
de aquella tierra. Y con ellos cruzó por primera vez a la otra orilla y regresó junto a
Su ribera, donde dicen que se asoma cada noche a contemplar Su belleza reflejada
en el río y de donde Le gusta salir poco, muy poco, tan poco que querrá que Sus
hijos La coronen de Amor en Su Castillo de Proa con forma de Altozano.
El Barrio prosperó a la sombra del Monopolio de las Indias y mientras la
ciudad se convertía en la gran urbe del Barroco, en la orilla derecha nacían fábricas
de loza y en una de ellas, levantada en un extremo, La Virgen también se hizo
Alfarera, renacida de las llamas del amor de Sus hijos.
Crecieron, se formaron barriadas modernas y también quiso hacerse presente
entre los recién llegados. Una primavera se miró en la flor de un naranjo de las
calles más nuevas y Su Reflejo se convirtió en blanco perfume de Salud para todos
ellos.
Y siguieron creciendo a lo largo de la orilla del río. ¿O no? ¿Qué es Los
Remedios? ¿Pertenece a nuestra ciudad soñada o es un conjunto de calles
impersonales? ¿Qué semejanza tienen la tradicional Fábrica de Tabacos y la actual,
sin concesiones a la belleza y con los días contados? ¿Tienes que marcharte otra
vez o después de tanto tiempo has conseguido ya morada definitiva? Qué pecado
cometiste si no es el de ser la Cigarrera más guapa de la Historia. Si llevas la
discreción hasta en el llanto. Con Tu gesto de dolor medido, no quieres distraer
nuestra atención de Tu Hijo. Sin embargo, yo os digo que esa Mujer que ha salido
de una fábrica a primera hora de la tarde, cruzando calles anodinas, es la Belleza
más exquisita, la Victoria absoluta del Amor de una Madre y el Jueves Santo bajo
palio.
Y la Virgen, al fin, quiso hacerse barrio entero, modeló una cara de cerámica,
la policromó con la brisa de bronce de la gente del Mar, le puso dos ojos de
azabache y renació La Esperanza para todos ellos. La mimaron, la quisieron y la
cuidaron porque era su joya más valiosa y hasta Pura fue la calle donde la
guardaron. Construyeron una hermosa parroquia para Ella y allí se refugiaron
durante siglos, acrecentando Su Amor, hasta que se atrevieron a llevarla a la ciudad,
le hicieron un hermoso Barco de Plata y una noche al año navegaba con rumbo a
Sevilla, entre una multitud que no la dejaba en ningún momento, para asegurarse
que volvería de nuevo a Su casa.
Y cada año, ya de amanecida, regresaban con su Virgen después de pasearla
y enseñarla por todos los rincones, dedicaban la última oración a los que más la
necesitaban por carecer de libertad y antes de cruzar de nuevo el puente, el mismo
Sol se unía en un suspiro de despedida mientras se alejaban de Sevilla.
Gracias por ser una Hermandad que sólo se mira en el espejo del Amor a Su
Madre, gracias por quererla como lo hacéis, por ser fieles a vosotros mismos y por lo
que habéis hecho tantos años, porque al final, gracias a vuestro cariño, pasó lo que
tenía que pasar, que la Virgen hizo lo que cualquiera de vosotros hubiera hecho en
Su lugar, decidió quedarse para siempre en aquella bendita tierra, miró al Cielo,
levantó la voz y dijo: ¡Madre, vente conmigo! Y por los siglos de los siglos se
quedaron La Esperanza y Su Madre reinando en aquella parcela que un lejano día
había escogido Trajano entre todos los confines de su Imperio.
Te querrán los cielos y la tierra, y todas las criaturas te querrán.
Te querrán generaciones venideras y en los confines del Mundo te alabarán
Te querrán de por vida y sin reservas y tu nombre bendecirán.
Pero como te quieren en Triana, desengáñate Virgen María, así no te querrán.
SAN BERNARDO
Los tres días laborables de nuestra Semana, con su carga de normalidad,
tienen algo especial que los diferencia de los festivos. Lo cotidiano nos devuelve por
unas horas a la más cruda realidad, únicamente alterada por las visitas a los
templos, que cada mañana guardan la ilusión de la espera. Pero poco a poco van
pasando las horas y el ajetreo va cediendo.
Las calles han alcanzado ya la fugaz calma de la primera hora de la tarde, los
numerosos bares de la zona desprenden el inconfundible olor a café recién hecho,
pasa un grupo de turistas desorientados, buscando su hotel. Dejamos atrás la Alfalfa
y subimos por Cabeza del Rey D. Pedro y Muñoz y Pabón. Están parados delante
de San Nicolás. En la puerta, cumpliendo el rito de la cortesía, ha salido a
saludarlos, con Ramón Ibarra siempre al frente, un estandarte azul sobre el que aun
no se han apagado los reflejos de la Candela de Amor y belleza que iluminó los
jardines la noche anterior. Discretamente delante, el Fiscal sostiene el horario en la
mano enguantada de negro, a continuación la Cruz de Guía, celosamente escoltada
por faroles y bocinas que portan nazarenos sacados de un grabado de Hohenleiter.
Me lo sé de memoria. Avanzamos saliendo al encuentro de los tramos, tienen el
privilegio de salir de un barrio histórico de extramuros, cruzar un puente que
indultaron para ellos y entrar en Sevilla por la antigua Judería; barrio, puente y
centro. Tienen el privilegio de tener el recorrido más bonito de toda la Semana. La
cera roja nos recuerda su carácter sacramental y los niños de la calle San José
recuerdan la bienaventuranza de los sedientos. En Santa María la Blanca la calle es
más ancha y ya no es posible refugiarse del Sol, dueño absoluto, como casi
siempre, de la tarde del Miércoles Santo. Pero el calor y el cansancio que se va
notando ya de los primeros días, pasan a un segundo término cuando desde lo más
alto del puente vemos acercarse el paso hacia nosotros. El canasto es rotundo en la
sencillez de sus líneas, el clavel y el lirio se confunden en total armonía y los
candelabros se elevan majestuosos al cielo, acotando el espacio en el que Cristo,
dormido en la tarde, es acunado por seis guardabrisas que, casi imperceptiblemente,
van marcando el redoble del tambor. Cruza la Ronda y entra en Sevilla entre
cornetas y gentío, sin que nada ni nadie sea capaz de perturbar el sueño del
Redentor, que avanza suavemente cumpliendo Su Sacrificio de Amor.
Desde que te buscara un lejano día pidiéndote un poco de Tu Nombre para mi
casa, me has dejado atado a Ti por un lazo mucho más fuerte que la simple oración
de un momento de zozobra. Cristo de la Salud de San Bernardo, que cruzas cada
año la tarde de mi vida, a tus plantas me tendrás para siempre como uno más de
esos cientos de hombres y mujeres, que todos los Miércoles Santo hacen renacer un
barrio que sólo existe ya en sus recuerdos, para que Tú sigas sanando corazones
heridos de nostalgia.
LA ESPERANZA
Uno de los momentos del día más hermosos y que menos disfrutamos es el
Amanecer. Pero hay uno que sí gozamos, el que pertenece a nuestra Vida Soñada,
la que sólo existe en nuestra Memoria. Físicamente es igual a los demás, pero
vosotros y yo sabemos que no tiene nada que ver con ellos.
Un buen rato antes de que nos estemos acercando a la Iglesia, el Cielo ha
empezado a romper la noche. El relente suele aparecer cuando cruzamos el barrio
de San Vicente y la hora profunda en que habíamos dejado Sierpes cada vez está
más lejos. Por Capuchinas, la estrecha franja acotada por los tejados se ha vuelto ya
de un azul intenso y, poco a poco, conforme llegamos a la Plaza, el canto de los
pájaros es el mejor y más alegre anuncio de la mañana. La Cofradía se recoge entre
dos luces y una vez cerradas las puertas de la Basílica, mientras en la calle triunfa
ya la luz de un nuevo Viernes Santo, dentro volvemos por unos minutos a los grises
del amanecer, animados por la tenue claridad que entra por la linterna de la cúpula,
recortando los caprichosos zigzagueos del último humo de los cirios, que cumplida
su misión de alumbrar a la Luz del Mundo, son devueltos impunemente a los carros,
con un fondo de golpes secos. Es el momento de las caras desencajadas por el
cansancio, de los abrazos de felicitación. Pero yo no estoy completamente tranquilo,
ningún año lo estoy, porque es la hora en que empiezo a recordar que Ella también
ha estado en la calle, también le ha sorprendido el amanecer y ahora mismo, en
plena mañana, sigue marchando como Reina Triunfante. Incluso mucho antes de
que todo esto suceda, cinco de mis hermanos habían ido a postrarse a sus plantas
para cumplir con una concordia centenaria, al tiempo que unas legiones, tan
maravillosamente falsas como la ciudad imperial que custodian las murallas de
donde salieron, venían a rendir tributo al Cisquero, mandadas desde la Eternidad por
un capitán al que le pusieron de nombre “El Pelao” en los campos de batalla de
Parras y Escoberos. Ya a plena luz del día, recorro las mismas calles que unas
horas antes he pasado cumpliendo el Rito y la Regla, pero no soy capaz de
reconocerlas. Me cruzo con gente que viene y va; de pronto, por alguna esquina,
aparece fugazmente un nazareno de ruan, que a paso cansino huye de una mañana
que le ha sorprendido y a la que no pertenece. Definitivamente, ya no queda nada
que recuerde a la Madrugada, ni yo mismo, que La busco en esta mañana que
tampoco es mía. Hay más gente por la Encarnación, vienen de regreso, es mi
imaginación o en sus caras se refleja la satisfacción de haber estado con Ella. A
duras penas me voy abriendo paso y por fin consigo verla embocada en la calle
Alcázares. Está de espaldas, pero no me importa, es cierto lo que un sabio amigo
dijo una vez, su paso no tiene espalda porque no es un paso sino un aura. Me
podría bastar, ya he sentido su presencia y estoy muy cansado, pero esta mañana
no es suficiente, no solo quiero verla sino que Ella me vea. Cruzando Regina
consigo llegar a San Juan de La Palma. Por la calle Feria la cofradía discurre
parsimoniosa, sabiéndose ya dueña absoluta del tiempo y el lugar y escoltada por su
público, sacado cada año de un cuadro de García Ramos para que La acompañe
esta mañana. La espera es larga y la ilusión mayor. Matrimonios ancianos, padres
con niños, parejas de jóvenes, familias enteras, balcones engalanados con Su foto,
los bares desprendiendo el olor a café, chocolate y aguardiente, mientras los
nazarenos avanzan desatentos, con los cirios convertidos en callados de las horas.
Poco a poco el gentío va creciendo y un tumulto de capirotes y devotos anuncian
que ya está cerca, hasta que una frase mágica nos hace a todos fijar la vista en el
fondo de la calle “ya se ve la Virgen”. Me voy acercando sin sentir las apreturas,
descubriendo cada detalle de un paso que llevo grabado, como si no lo hubiera visto
nunca. Las flores están ya marchitas; la candelería, apagada, se ha ennegrecido; los
ramos que le han ido regalando rebosan la peana; hasta que por fin tengo la certeza
de que La Esperanza me está viendo. A pesar de las ojeras y del cansancio de toda
la noche, no ha perdido la Sonrisa, está mas Guapa que nunca y más Orgullosa que
nunca de saberse la Madre de Dios, y en ese preciso momento, cuando cruzamos la
mirada y nos quedamos los dos completamente solos, me acuerdo de mis niñas, las
que Ella me está cuidando, intento rezar todos los años pero sólo me sale el llanto…
Juan Delgado Alba dijo que cuanto de bello y puro hubiera en el cielo y la tierra,
sería poco para Ella.
Ricardo Mena aseguró que era el Sol y las estrellas
Miguel Muruve proclamó que era la más segura, dichosa, rotunda y perenne
Esperanza Nuestra.
Carlos Colón nos recordó que por mucho que la viéramos, nunca la podríamos dejar
sin pena
Joaquín Caro se preguntó si estaba más guapa con el manto granate, el de malla o
de hebrea.
Carlos Herrera cuando la miraba, sentía a Dios cabalgar por sus venas
Curro Ruíz Torrent pensó que soñar era encontrarse cara a cara con Ella.
Paco Vázquez juró que Dios puso la Creación en su Cara perfecta.
Rafael de Gabriel anunció que no hay flor más pura que la que vive en San Gil y
siempre está en primavera.
Antonio Murciano sentenció que todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza.
Ignacio Jiménez se hizo cura para cumplir su promesa
Y todo lo demás ya se lo había dicho antes Rodríguez Buzón, el poeta.
Pues cómo queréis que salga airoso de este trance quien ahora pregona Su Pureza
Yo solo sé decirle, con la admiración de hombre, el orgullo de Sevillano, el amor de
hijo y con el alma entera:
Dios te Salve, Santa María de la Esperanza Macarena, Reina del Mundo, Madre de
Dios y Madre Nuestra.
FINAL
La mañana de Pregón se nos escapa ya de las manos. Esta misma tarde,
muchos de vosotros cumpliréis con la cita obligada y no escrita de los Besamanos
de Vísperas: Los Terceros, la Universidad, Santiago, el Museo, San Gregorio …
A partir de mañana os quedaréis solos frente al tiempo de la última espera y
repasareis un año que cada vez pasa más de prisa. Pero antes de que todo eso
llegue, antes incluso de que los himnos pongan el punto final a esta mañana, quiero
pediros que me acompañéis. Dejaremos atrás el Teatro, despidiendo a Su Hermosa
Guardesa Guadalupana, cruzaremos las estrecheces del Arenal, en una de cuyas
calles la Historia se dejó olvidado un trozo de la Semana Santa del Ayer que
perdimos para siempre, una Mujer mira al Cielo implorando tres Necesidades, para
enterrar a Su Hijo entre lirios y hojarascas y otra reza entre bordados románticos
mientras pasa frente a la Santa Caridad, echándole un pulso de belleza a la obra del
Venerable Don Miguel y jugando con el tiempo de lo Intemporal. Saldremos a la calle
Adriano, una Capilla muy pequeña con dos flores, una es nueva, hermosa, alegre,
con aires macarenos, la otra, más serena, sostiene a Su Hijo en brazos y suspira de
melancolía soñando con ser de Triana. Cada año quiere marcharse con las cinco
hermandades que pasan por su puerta y entran a buscarla, pero nunca lo consiguen
porque el Arenal sin Su Piedad sería un barrio sin alma. Dejaremos atrás La
Magdalena, y cruzando el Museo y San Vicente llegaremos al final de nuestro
camino. Es un barrio trazado a cordel con manzanas geométricas y salpicado de
Conventos. En uno de ellos, franciscano, reina una Palma de sonrisa marismeña,
coronada con el amor de unos niños que aprenden todo el año a Su lado. En el
centro del barrio la Plaza, y en la plaza la parroquia, presidida por el Santo y su
Parrilla. La habitan dos Señoras, una cierra el Martes, la otra la Semana, una luce
bajo palio sevillano, la otra bajo el cielo de Sevilla, una tiene Dulce la Mirada, la otra
lleva la Nobleza del Tiempo grabada en Su Cara, una custodia los besos de talón
que allí quedaron atrapados, la otra guarda los corazones soleanos.
La Plaza marca el ritmo de la vida del barrio, en el centro dos palmeras y a su
alrededor dieciocho plataneros majestuosos. Son la guardia de respeto que la
protege durante todo el año. En verano forman un tupido manto que provoca un halo
de frescura incluso a las horas centrales del día. En otoño cubren el suelo de un
alfombrado cobrizo, queriéndolo resguardar de los fríos y las lluvias que se
avecinan, porque saben que cuando florezca la Primavera Su Señor tendrá que
pisar por allí. Junto a la parroquia, en el rincón sin salida, una puerta con un escudo.
Hace un rato que dejamos el Teatro y tampoco es ya Domingo de Pregón, es
Viernes, cualquier viernes del año. Si ponéis atención, los veréis entrando por esa
puerta. A primera hora de la mañana, recién abierto el cancel, algunos hombres bien
trajeados aguardaban impacientes. Llevan prisa, apenas se detienen un momento
porque se les hace tarde. Poco después aparecen los estudiantes con sus libros
debajo del brazo, agotando el último recurso que les queda para sacar el examen
que les ha dejado sin dormir. Más tarde, a media mañana, serán mujeres con sus
carros de la compra, sin tanta prisa, recreándose en el rito no escrito que llevan
grabado en las entrañas. También vendrán parejas de jóvenes, beatas de diario,
hombres de corazón duro, moviendo montañas o en plena crisis de Fe, ricos,
pobres, humildes, nobles, curtidos en mil batallas o empezando a vivir, cultos,
ignorantes, famosos, anónimos, del todo Sevilla y de toda Sevilla. Antes incluso de
traspasar el umbral divisan al fondo una silueta enmarcada en un camarín con forma
de concha. Vosotros también la podéis ver, verdad, no tenéis más que cerrar los
ojos por un instante, también la tenéis grabada, una cabeza con tres potencias
ligeramente inclinada a vuestra izquierda, formando ángulo con el remate de la cruz
hacia arriba y una túnica abriéndose tenuemente en la caída. Sí, es la misma silueta
que habéis visto tantas veces, en cientos de azulejos repartidos por toda la ciudad,
enmarcada en plata en las casas señoriales del centro, en el cuadrito con flores de
plástico de la entrada de los pisos del Polígono, encima de las máquinas de café de
los bares del Fontanal y La Barzola, en el descansillo de las escaleras de comunidad
de Pino Montano y Amate, en las oficinas de Nervión y Los Remedios, en los
comercios de Rochelambert y Miraflores, en las cabeceras de los enfermos, en los
pasillos de los hospitales, en las lápidas de la última morada, colgada de tantos
cuellos, prendida de tantas solapas; es la Silueta de miles de hombres y mujeres
que la grabaron con lágrimas de oración, de duda, de alegría, de tristeza, de
abatimiento, de entrega, de agradecimiento. Qué me perdone el NO8DO, esa silueta
es el símbolo de Sevilla.
Pero pasamos al interior con todos ellos y poco a poco vamos distinguiendo
Su figura. La mirada baja, parece absorta en algún misterio demasiado insondable
para nosotros, sin embargo, tenemos la certeza de que ha notado nuestra presencia.
Camina con paso firme arrastrando la cruz, pero permanece en su sitio. Subimos al
Camarín siguiendo la inercia. Algunos pasan con prontitud, casi mecánicamente, con
la familiaridad que dan los años haciendo lo mismo, besan el talón, tocan la cruz y
se marchan. Otros se quedan contemplando al que les da la espalda y sin embargo
escucha su oración. Cuántas angustias, cuántas alegrías, cuántas penas y cuántas
dudas encierra el mármol rojo de ese Camarín.
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará
para sanarme” (Lc. 23, 28), así Te debía susurrar aquella mujer, a la que
involuntariamente sorprendí pasando por Tu Talón un sobre cerrado con el
anagrama del SAS, así deben pensar quienes dejan las fotos que aparecen bajo Tu
peana cada vez que se mueve, o las súplicas escritas en papelitos doblados. “Señor,
no merezco molestarte, pero sólo tu cercanía será suficiente”, debían creer las
mujeres que se ganaban la vida en la Alameda y le rezaban al azulejo de la plaza
porque no se atrevían a entrar en la Iglesia, pobres ignorantes de que Tu sitio está
en la mesa de los pecadores. ¡Quién me ha tocado!, preguntaste cuando la mujer de
las hemorragias acarició por detrás Tu Manto (Lucas 8 42-45). ¡Quién me ha
tocado!, volviste a preguntar cuando otra mujer acarició por detrás el faldón de tu
paso una Madrugada, pidiéndote por la salud de su Hija.
Qué ilusos fuimos, Señor, queriendo usar criterios científicos para curarte. Si
Tu Rostro lo han formando cuatro siglos de sufrimiento de una ciudad que se ha
hecho a ti como el hierro a la fragua. Tú llevas Sevilla en la Mirada vidriosa, en la
sierpe que se te enrosca y se Te clava, en el mechón que Te resbala por la Mejilla,
en la espina que traspasa Tu ceja, en la que Te hiere el lóbulo, en Tu boca jadeante,
en las Manos que acarician la Cruz, en el paso al frente que llevas dando cuatro
siglos en nombre de todos nosotros. No es cierto, no fue el humo, ni el incienso, ni el
frío de una noche al año, a Tu Rostro lo ennegrecieron las epidemias del XVII, las
invasiones del XVIII, las revoluciones del XIX, la Guerra del XX; de tanto mirarte, los
sevillanos te han gastado y de tus labios no ha salido ni una palabra de queja. Qué
iluso fuimos, Señor, queriendo cambiarte la Cruz por una menos pesada, porque Te
hacía daño. Si tu Cruz está hecha del dolor de los hospitales, de las ausencias de la
carretera, de las jeringuillas de heroína, de la violencia de los hogares, de las
soledades del final de la vida, de las chabolas que siguen existiendo, de los que
buscan la tierra prometida y encuentran la tumba en el mar, de las vidas que se
truncan antes de nacer. Qué ilusos son los que esperan que hoy hable de la
experiencia de haberte curado, si Tú y yo sabemos, Señor, que nunca te he sentido
tanto como los años que fui Diputado de Tu Bolsa de Caridad, los que me
permitieron hablar contigo, escuchar tus lamentos y poder ayudarte a cargar con la
cruz, cada vez que lo hacía con uno de Tus hermanos y así me lo recordabas a
última hora del día, cuando subía a Tu Camarín y me quedaba a solas contigo. Allí
aprendí, Señor, que el Culto no necesita justificación pero no hay mejor forma de
quererte que haciéndolo con nuestros semejantes. En Tus Manos El Poder y la
Gloria, en las nuestras salir a tu encuentro. El que crea en Ti, que tome su Cruz y Te
siga.
Señor, yo nunca sabré decirte cosas hermosas, yo sólo sé quererte y
seguirte, y con eso y nada más que con eso, hoy me puse delante de toda Sevilla
para pregonar Tu Semana Santa.
Cuando se recibe un encargo como el que he tratado de cumplir con todos
vosotros, los recuerdos y las personas se agolpan inevitablemente en la cabeza, se
repasa toda una vida y uno piensa, en primer lugar, en la madre y el padre, que le
están escuchando desde el patio de butacas y desde un balcón recién estrenado de
la Gloria, con los que en un tiempo lejano formaba una familia en la que aprendió a
conocer y querer a nuestra ciudad y a sus hermandades, y recuerda el año que
aprendió a leer y su Padre ya no podía decirle que ese día no quedaban más
cofradías que ver, para poder llevarlo a casa, porque ya las iba marcando con una
cruz en el programa. Uno piensa en la Mujer con la que un día se comprometió a
compartirlo todo a los pies del Señor; en los hijos, que son lo mejor que le ha pasado
en la vida, los que disfrutan del pregón de su padre y las que están jugando con su
abuelo en el cielo; piensa en la familia y en los amigos, que llevan los mismos meses
de tensa espera, escribiendo con su aliento y su oración. Pero más allá de todos
ellos, este pregón está dedicado a los miles de hombres y mujeres anónimos que
nunca subirán a un atril, ni formarán juntas de gobierno, ni serán cofrades
ejemplares, ni pasarán a la Historia por nada, pero llevan siglos escribiendo la
página de devoción y cariño más hermosa de esta ciudad, con su cita Semanal en la
Plaza de San Lorenzo, donde siempre les espera el Gran Poder de Dios para
resolver los problemas insolubles.
Sevillanos, pararse ahí, los cuatro zancos por parejo a tierra.
Ahí quedó