HISTORIA DEL FLAMENCO
Antecedentes musicales
En un rápido ejercicio de imaginación podríamos trasladamos hasta la España árabe, pues las modulaciones y melismas que definen al género flamenco pueden provenir de los cantos monocordes islámicos. Hay también quien atribuye la creación de esta música a los gitanos, un pueblo procedente de la India -hasta hace relativamente poco se creía que eran egipcios- y desperdigado, por su condición de errante, por toda Europa. En España entraron a principios del siglo xv, buscando climas más cálidos que los que hasta entonces habían encontrado en el continente. Tampoco se pueden olvidar los diferentes legados musicales que dejaron los deudos andaluces en el sur de España, donde habían tenido vigencia las melodías salmodiales y el sistema musical judío, los modos jónico y frigio inspirados en el canto bizantino, los antiguos sis­temas musicales hindúes, los cantos musulmanes y las canciones populares mozárabes, de donde probablemente proceden las jarchas y las zambras.
Sin entrar en juicios de valor sobre qué teoría tiene más fuerza -existen otras pero con menos aceptación-, lo que síse puede asegurar es que el flamenco nace del propio pueblo, tiene una evidente raíz folclórica, mas al pasar por el tamiz de las gargantas de creadores puntuales se ha convertido en un arte indiscutible.
 
Primeras referencias escritas  
Según las ideas más difundidas, en los principios no había baile ni guitarra, sólo cante, de forma que se ha llegado a pen­sar que el primer palo de la historia fue la toná, y que ésta se asentó en el triángulo formado por Triana, Jerez y Cádiz.
Sin embargo, tras una lectura profunda de la obra La Gitanilla, de Cervantes, se puede observar que, a menos que el célebre escritor hubiera contado una historia fruto de su imaginación, la primera disciplina flamenca fue el baile, como lo ratifica el personaje de Preciosa, una joven bailaora que se ganaba la vida haciendo danzas de corte andaluz a la que se subyugaban tanto el acompañamiento musical como el vocal, ambos enlazados para realizar los llamados corridos gitanos.
A comienzos de esta novela ejemplar cervantina se puede leer: «Salió la tal Preciosa la más única bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más hermosa y discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama,). La obra, escrita a principios del siglo XVII, crea el primer precedente no oral en el estudio de los orígenes flamencos. Pero no se pueden lanzar las campanas al vuelo: el carácter novelesco de la historia le resta realismo, por lo que el dato no puede ser considerado como empírico. Sin embargo, hacia 1740 hay que señalar la existencia de un libreto manuscrito por un tal Bachiller Revoltoso que nos cuenta una crónica en la que señala cómo la nieta de Balthasar Montes (el gitano más viejo de Triana) iba a bailar con instru­mentos de cuerda y percusión a las casas nobles de Sevilla. El mismo autor da cuenta de la crueldad con que las tropas de Castilla tratan a la población de Triana con motivo de «La Prisión General de los Gitanos», dictada en 1749.
No obstante, la misma diatriba que con La gitanilla surge con la lectura de Cartas marruecas de José Cadalso, en 1789, una serie de epístolas que un moro llamado Gazel Ben-Aly envía a su amigo Ben-Beley.
En esta obra el escritor describe una juerga gitana en un cortijo liderada por el Tío Gregorio, dato que corrobora la existencia de una música peculiar y diferenciadora en Andalucía. Hacia 1820 esto se confirma con la aparición en un periódico de Cádiz de la noticia de que en el Teatro del Balón Antonio Monge hará los cuatro polos (el de Ronda, el de Tobalo, el de Jerez y el de Cádiz) y en 1885 la señorita Sejuela, en el salón Barrera de Sevilla, bailará por soleá. Finalmente, el Baile en Triana que describe Serafín Estébanez Calderón en sus Escenas andaluzas (1862), donde se encuentran los cantaores El Planeta y su alumno El Fillo, cierra el círculo en torno a las conjeturas sobre el origen del flamenco.
A partir de este momento hay una conclusión clara: el género tiene más de dos siglos de vida, algo que se confirma cuando Demófilo funda la flamencología publicando en 1882 su Colección de cantes flamencos.
 
Origen de la palabra «flamenco»
Otro de los aspectos que hacen que este arte sea un verdadero misterio radica en definir cuál es la procedencia exacta del término «flamenco». Existen múltiples teorías acerca de la génesis de este vocablo, aunque quizás la más difundida es la defendida por Bias Infante en su libro Orígenes de lo flamenco y secretos del cante jondo. Según el padre de la Autonomía Andaluza, la palabra «flamenco» deriva de los términos árabes felah-mengus, que juntos significan «campesino errante». También llegó a tener muchos adeptos la curiosa teoría que afirmaba que flamenco era el nombre de un cuchillo o navaja. No en vano, en el sainete El soldado fanfarrón, escrito por González del Castillo en el siglo XVIII, se puede leer: «El melitar, que sacó para mi esposo, un flamenco». En otra copla recogida por Rodríguez Marín dice: «Si me s'ajuma er pescao / y desenvaino er flamenco / con cuarenta puñalás / se iba a rematar el cuento». Sin embargo, esta hipótesis no ha llegado a trascender, como tampoco lo hizo en su día la que sentenciaba que el nombre se le había dado al género por el ave llamada flamenco. La autoría de este precepto se debe también a Rodríguez Marín, que justificó la idea argumentando que los cantaores practicaban el cante vestidos con chaqueta corta, eran altos y quebrados de cintura, por lo que se parecían al ave zancuda del mismo nombre.
Como las anteriores, también sigue sin corroborarse la teoría liderada por expertos como Hipólito Rossy o Carlos Almendro en la que se afirma que la palabra flamenco se debe a que la música polifónica de España en el siglo XVI se acrecentó con los Países Bajos, es decir, con la antigua Flandes. Esta teoría fue también defendida, aunque con matices, por el viajero romántico George Borrow y por Hugo Schuchard, entre otros. Según estos escritores, antiguamente se creía que los gitanos eran de procedencia germana, lo que explica que se les pudiera llamar flamencos.
Finalmente, existen dos hipótesis menos comprometidas, pero bastante interesantes. Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, dice que «los gitanos llaman gachós a los andaluces y éstos a los gitanos los llaman flamencos, sin que sepamos cuál sea la causa de esta denominación». Y Manuel García Matas afirma: «Flamenco procede del argot empleado a finales del siglo XVIII y principios del XIX para catalogar todo lo que significa ostentoso, pretencioso o fanfarrón o, como podríamos determinar de forma genéricamente andaluza, "echao p'alante"».
 
Evolución. Etapa hermética. Primeros cantaores
Al margen de las claves que la historia de la literatura ha aportado para el estudio del origen del flamenco, existen datos, muchos aún sin demostrar, que hablan de antiquísimos flamencos. No se puede obviar la referencia a una figura que durante mucho tiempo se pensó que fue el primer cantaor de la historia: el jerezano Tío Luis de la Juliana , nombre que creó muchos conflictos entre los flamencólogos de antaño, pues nunca se llegó a un acuerdo sobre su biografía. Hoy esa discusión es intrascendente, ya que sigue sin demostrarse siquiera que existió.
Ahora bien, de quienes sí se tiene referencia cierta es de los primeros artistas del siglo XVIII en Triana, que junto con Jerez y Cádiz es el enclave en el que el flamenco deja de ser una expresión folclórica para convertirse en un género artístico. Hay que citar a cantaores como El Planeta, que aunque parece ser que nació en la Bahía de Cádiz -se cree que en Puerto Real-, desarrolló todo su arte en el arrabal sevillano cantando por seguiriyas -de su propia creación- y por tonás. Su principal alumno fue El Fillo, gitano también procedente de tierras gaditanas que mantuvo una relación amorosa con La Andonda , a la que llevaba muchos años de diferencia. Probablemente fuera esta mujer la primera en cantar por soleá, aunque existieran otras familias cantaoras en Triana, como los Pelaos y los Cagancho, a las que se les puede atribuir este palo. En un principio la soleá surgió como cante bailable, hasta que los alfareros del barrio sevillano comenzaron a hacer estilos sin acompañamiento no sujetos a compás. En aquella época también se cantaba por romances y por martinetes, estilos entroncados con la toná. Paralelamente, en Jerez y Los Puertos se desarrollan importantes núcleos flamencos. Para la historia queda el nombre de Paco la Luz , mítico seguiriyero del que descienden casi todos los grandes cantaores jerezanos, tanto como del Loco Mateo, Manuel Molina, Diego el Marrurro, Joaquín Lacherna o Mercé la Serneta , que luego se trasladaría a Utrera. y en la Bahía hacen historia El Ciego la Peña , Curro Durse, Enrique el Gordo o Enrique Jiménez Fernández el Mellizo. Sin embargo, aquella etapa, llamada «hermética» por Ricardo Molina y Antonio Mairena en su libro Mundo y formas del cante flamenco, sigue siendo una incógnita para los estudiosos, pues hay pocos documentos escritos que aporten luz a los análisis. Poco después, en cambio, todo se transformaría. La herencia que un niño llamado Silverio Franconetti recibió de El Fillo en Marón de la Frontera sería clave para el futuro de un género que hasta entonces no había salido de las fiestas particulares.
 

Los grandes creadores. La Edad de Oro. Los cafés cantantes.

A fines del siglo XIX el flamenco ya era un arte muy extendido por toda Andalucía. En Cádiz, madre del cante por cantiñas, surgen figuras como El Chiclanita, Dolores y Alonso del Cepillo, José de los Reyes y El Negro del Puerto y se certifican centros cantaores como los Puertos, San Fernando, Sanlúcar, Chiclana y Arcos.

Mención aparte merece Jerez de la Frontera, otro de los puntos matrices del flamenco, sobre todo a través de los barrios de Santiago y San Miguel. De allí son nada menos que Manuel Soto Loreto el Torre y don Antonio Chacón.

Sin embargo, un poco antes de que irrumpieran estos maestros, la historia del flamenco afronta un momento clave. En una misma época coinciden cantaores como Silverio Franconetti, Tomás el Nitri y Juan Breva. Entre ellos surge una competencia feroz, hasta el punto en que El Nitri se niega a cantar delante de Silverio para no quedar en un supuesto ridículo ante el maestro de ascendencia italiana, según unos, o para no transmitirle la esencia de los cantes gitanos, según otros. Sea como sea, la Primera Llave de Oro del Cante de la historia es para Tomás, que recibe el galardón como obsequio a su maestría durante una fiesta celebrada no se sabe si en el café Sin Techo de Málaga o en Jerez, en la que el General Sánchez Mira quedó impresionado con su cante. Todas estas circuns­tancias pudieron haber encendido la chispa en Silverio, que al ver las pasiones que levantaba este arte decidió montar un café cantante en el número 4 de la sevillana calle Rosario. En este momento, el flamenco se profesionaliza.

Sin embargo, pese al tirón que pegan en la sociedad los citados cafés, un cierto sector del género mantiene el cante en las minorías de antaño. Es el caso, por ejemplo, de Los Gordos de Alcalá, una familia de origen trianero cuyo mayor representante es, según Antonio Mairena, Joaquín el de la Paula , o, posteriormente, de Tío José de Paula y Agujetas el Viejo en Jerez. En esta época triunfan por los escenarios de toda España Las Coquineras, La Macarrona , don Antonio Chacón, Francisco Lema, Fosforito el Viejo -principal adversario del maestro jerezano-, El Perote, El Mochuelo, El Macaca, El Diana, Cayetano Muriel el Niño de Cabra, El Canario, Fernando el Herrero, La Rubia de las Perlas o El Garrido de Jerez, entre otros muchos. Estamos ya en el siglo xx. Y en los años veinte retorna el testigo del arte una generación inigualable. Ya empiezan a sonar los nombres de Pastora Pavón Cruz la Niña de los Peines, Arturo y Tomás Pavón, Manuel Torre, Manuel Vallejo.

El Gloria, Las Pompis, Juanito Mojama, Bernardo el de los Lobitos, El Niño Escacena, Pepe el de la Matrona , Manuel Centeno, El Cojo de Málaga, Juan Varea, Pepe Pinto, Sebastián el Pena, El Niño de Marchena, Manolo Caracol, Tía Anica la Piriñaca , Tío Gregario el Borrico y Juan Talega.

 

El concurso de 1922 en Granada

 

Cuando comienzan a surgir decididamente los profesionales del cante, el baile y el toque, ciertos sectores de la intelectualidad afines a la generación del 27 empiezan a temer por «lo puro». Maestros como Manuel de Falla o Federico Garcia Larca tienen una visión apocalíptica del flamenco, ya que para ellos éste debe ser un arte del pueblo, reducido a la minoría andaluza, y no un estilo comercializable. El temor por la pérdida de lo que ellos llaman «pureza» les lleva a crear el Primer Concurso de Cante Jondo, celebrado en Granada en 1922, en el que la única exigencia era que los aspirantes fueran desconocidos, gente del pueblo, y no figuras ya consagradas en los cafés cantantes. El certamen lo ganó el moronense asentado en Puente Genil Diego Bermúdez Cala el Tenazas, y se le hizo una mención de honor a un niño de trece años llamado Manuel Ortega Juárez, que a la postre resultaría ser el célebre Manolo Caracol. Pero las pretensiones de los creadores de aquel concurso no medraron y, pese a los esfuerzos por devolver el flamenco al pueblo, el género no sólo siguió profesionalizándose, sino que los aficionados fueron testigos de una revolución que se acrecentó con los discos de pizarra.

 

El flamenco en Madrid. La Copa Pavón. Segunda Llave de Oro del Cante

El éxito que el cante flamenco había cosechado entre el público hizo que la capital, Madrid, se convirtiera en centro cantaor desde principios del siglo xx. La mayoría de los artistas de renombre decidieron asentarse en «la Corte» para dar sentido a su carrera artística y comenzaron a proliferar los espectáculos en teatros. Aprovechando la repercusión del Primer Concurso de 1922 en Granada, el empresario del madrileño Teatro Pavón, situado en la calle Embajadores, decidió crear la llamada Copa Pavón, un galardón que serviría para aumentar el prestigio del cantaor premiado. La final se celebró el 24 de agosto de 1925 y los participantes fueron El Niño Escacena, Pepe Marchena, El Cojo de Málaga, El Mochuelo y Manuel Vallejo, que resultaría el ganador indiscutible del certamen. Sin embargo, un año después la cosa cambió. El triunfador fue Manuel Centeno, que interpretó unas magníficas saetas, pero en el ánimo de todos quedó que debería haber recaído de nuevo del lado de Vallejo, por lo que fue el propio don Antonio Chacón el que decidió, en desagravio, entregarle la Segunda Llave de Oro del Cante al maestro sevillano, que recibió el obsequio fundado por El Nitri de manos de Manuel Torre.

Otra teoría afirma que la entrega de la llave fue producto de una campaña de marketing del dueño del Teatro Pavón. El caso es que toda esta parafernalia, repetida en multitud de ocasiones por diferentes puntos de España, generó lo que posteriormente se ha dado en llamar la «ópera flamenca», sin duda la etapa más polémica del género.
 
 
 
 
 
PALOS DEL FLAMENCO (1) - Formato MP3
Aceitunera (349 Kbs) Alboreá (1.279 Kbs) Alegrías de Córdoba (1.988 Kbs)
Alegrías (837 Kbs)   Fandago Cané (656 Kbs)
Tanto los textos como algúnas de las imágenes así como lor archivos musicales, han sido extraídos del libro "Guía del Flamenco de Andalucía", editado por la Junta de Andalucía en el año 2004
EL FLAMENCO
Peñas Flamencas
Programación 2006
© 2003 - 2006 Mevanet S.L.U.