HISTORIA DEL FLAMENCO pag. 2
La ópera flamenca
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En los años veinte los carteles que anunciaban los espectáculos comenzaron a sellarse con una problemática etiqueta: «ópera flamenca». El término no ha terminado aún de ser acep­tado por muchos expertos, porque según ellos esta época supuso una adulteración de los estilos flamencos, ya que la mayoría de los cantaores dejó de lado palos tan fundamentales como la soleá, la seguiriya, la toná, el tango o la bulería, para dedicarse plenamente al fandango, a los estilos de ida y vuelta y a los cuplés. Y ciertamente surgieron en estos años muchos «fandanguilleros», pero no hay que olvidar que en este boom también se gestaron figuras como Juan Valderrama -grandísimo conocedor de todos los estilos-, Pepe Marchena -que pese a que en algunos sectores no gusta grabó todos los palos-, Caracol -ídem de lo mismo-- o, cómo no, Pastora Pavón Cruz, creadora de una escuela que aún hoy sigue siendo venerada, si bien también adquirieron relieve otros artistas como Porrina de Badajoz, Angelillo y José Cepero. En realidad aquel título operístico no respondía más que a la necesidad de atraer público a los teatros y los cantaores no hicieron sino satisfacer las demandas del respetable, que prefería la sentencia de un fandango a la jondura de una seguiriya.

Pastora Pavón
En realidad la invención del término «ópera flamenca" se debe al empresario más importante de la época, el señor Vedrines, que, junto a su cuñado Alberto Montserrat, se apro­vechó de una disposición tributaria dy 1926. Según la citada ley, los espectáculos públicos, como las variedades y los cafés cantantes, tenían que pagar un diez por ciento, mientras que los de conciertos instrumentales y la ópera sólo contribuían con un tres por ciento. Esta diferencia del siete por ciento llevó al señor Vedrines a llamar a los espectáculos con el nombre de «ópera flamenca", en una inteligente triquiñuela comercial que abrió el flamenco a los grandes espacios: las plazas de toros estaban en auge. Y también el baile, que cuenta con figuras de la talla de Antonia Mercé la Argentina, Pastora Imperio, Vicente Escudero, y Encarnación López la Argentinita, una generación a la que seguiría la compuesta por Pilar López, hermana de la citada Argentinita, Carmen Amaya y Antonio.
Por último, el cante ve progresar a artistas como los gaditanos Aurelio Sellés, Pericón, La Perla de Cádiz, El Flecha, Macandé y Manolo Vargas o los jerezanos Terremoto, El Sordera, María Soleá y La Paquera.
 
Época de revalorización del flamenco. Tercera Llave de Oro del Cante
Con la ópera flamenca como hilo conductor del género llegan los años cincuenta. El arte flamenco es conocido en medio mundo gracias a las troupes, que habían restado densidad a los cantes para facilitar la comprensión por parte de todos los públicos. Sin embargo, como si hubiera permanecido en estado latente, una generación de cantaores reivindicó su sitio Y siguió interpretando en núcleos más reducidos los estilos de siempre. Toman en este momento especial relieve las figuras de Juan Talega, Fernanda y Bernarda de Utrera, Fosforito, El Chocolate, Agujetas, Rafael Romero el Gallina y Antonio Mairena, entre otros. Es la época de los tablaos. La casa Hispavox edita la primera Antología del arte flamenco, dirigida por el guitarrista jerezano Perico el del Lunar. En 1958 se crea la Cátedra de Flamencología de Jerez. Surgen las peñas La Platería de Granada, Juan Breva en Málaga y Los Cernícalos en Jerez. Y, sobre todo, en 1956 se celebra en Córdoba el Primer Concurso Nacional de Arte Flamenco, gestado por el grupo de poetas locales Cántico, encabezado por Ricardo Molina, que ganó el pontanés Antonio Fernández Diaz, Fosforito. El flamenco entra en los teatros y los artistas se empeñan en grabar viejos cantes en desuso para perpetuar su arte.

Antonio Mairena

En todo este contexto, el género vuelve a sufrir otro punto de inflexión. Muerto Manuel Vallejo en 1960, los organizadores del concurso de Córdoba deciden poner en litigio de nuevo la Llave de Oro del Cante. De esta forma, la ciudad de la Mezquita acoge en 1962 un certamen histórico, en cuyo jurado esta­ban personalidades como Ricardo Molina o Juan Talega. El trofeo se lo disputaban Fosforito, El Chocolate, Juan Varea, Platero de Alcalá y Antonio Mairena, que se alzó en ganador en una noche trascendental para el futuro de este arte.

Antonio Cruz García, que hasta entonces había dedicado su vida a cantar atrás para bailaores como Pilar López o Antonio Ruiz Soler, fundó, con la Llave en la mano, una escuela que perdura hasta nuestros días.

Fue el albacea de una nueva generación de cantaores comprometidos con el mairenismo hasta la médula. Es el momento de la irrupción de El Lebrijano, Curro Malena, El Turronero, José Menese, Miguel Vargas, Diego Clavel, José de la Tomasa o Calixto Sánchez. Sin embargo, como había ocurrido en todas las etapas ante­riores, este polo encuentra su opuesto en Cádiz y su bahía: Camarón, Juan Vil lar, Rancapino, Pansequito y, sobre todo, un veterano Chano Lobato ofrecen otra perspectiva complementaria que consigue enriquecer al género en gran medida, amén de la aportación de otros maestros tan contrapuestos como José Mercé, Enrique Morente o Carmen Linares. El flamenco toma otro camino: el de los festivales.
 
Los festivales
Los primeros festivales flamencos de la historia se crearon un poco antes de que Mairena consiguiera la Tercera Llave, pero tomaron verdadera importancia a la lumbre de este aconteci­miento, que dio un empuje trascendental a los nuevos valores. El baile está representado por figuras como Antonio Gades, Mario Maya, Farruco, El Güito, Matilde Coral, Cristina Hoyos, Manuela Carrasco, Angelita Vargas, Maleni Loreto y un Antonio ya en su última etapa. El cante cuenta con artistas de la talla de los citados en el epígrafe anterior. Y el público tiene ganas de ver jondura, porque el régimen de Franco había hecho una amplia propaganda sobre el género. Así, en 1957 nace el Potaje Gitano de Utrera, el primero de los festivales flamencos.

Le siguen la estela otros certámenes como el de Arcos de la Frontera (1961), el Festival de Canciones y Cante Fla­menco de Mairena del Alcor (1962), el Gran Festival de Cante Grande de Écija (1962), el Gazpacho Andaluz de Morón de la Frontera (1963), la Caracolá de Lebrija (1966) o el Festival de la Guitarra de Marchena (1967). Todos ellos se celebran en verano, en espacios grandes y abiertos, por lo que se crea umcircuito de contrataciones que intensifica el trabajo de los artistas en la época estival.

No obstante, durante el invierno los artistas realizan otra tarea vital: llevar el flamenco a los círculos intelectuales. De la mano de cantaores como Antonio Mairena, la música andaluza entra de lleno en las universidades, comienzan a prodigarse los recitales ilustrados con conferencias, nace la palabra «flamencólogo» y el flamenco sufre una importante revisión histórica. Todo ello confluye en la concepción de un nuevo tipo de festivales de larga duración, como la Bienal de Flamenco de Sevilla, modelo artístico de mayor vigencia en la actualidad.


Antonio Gades
 
La historia del flamenco con respecto a su distribución geográfica

De forma paralela al transcurso de las distintas etapas citadas, el flamenco ha vivido otra historia interesantísima: la de cada núcleo geográfico. La creación de los distintos palos se debe a las variadas maneras de expresarse musicalmente en cada zona de Andalucía. Por eso, el estudio de lo jondo permite hacer una clasificación por provincias.

 

Juan Peña El Lebrijano >

ALMERíA
La causa de que la provincia más orientaI de Andalucía sea un enclave creador en el flamenco es absolutamente clara y definida: en 1838 se descubre en la Sierra de Almagrera el filón Jaroso, un núcleo minero al que comenzarán a llegar multitud de trabajadores, y con ellos, el cante. De allí surge la taranta, que se atribuye principalmente a El Rojo el Alpargatero, quien probablemete refundió los llamados cantes de madrugá con otros estilos de la zona y creó este estilo libre. Algo posterior es el taranta, que sigue el mismo esquema de la taranta pero se ajusta a lo bailable. Su origen puede estar en Pedro el Morato, El Cabogatero, El Ciego la Playa, Chilares, El Tonto de Linares... Hoy su mayor representante es José Sorroche.

CÁDIZ
Cádiz es la madre de las cantiñas, denominación que agrupa a otros cantes como las alegrías, la romera, el mirabrás o los caracoles. Asimismo, a esta provincia se deben los estilos de ida y vuelta, que entraron desde América a través del puerto de Cádiz, y los tanguillos, además de la creación de los tangos junto con Triana. Aquí hay centros cantaores como Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María, San Fernando, el Campo de Gibraltar o Jerez de la Frontera, que por su trascendencia merece mención aparte.
A Jerez y su campiña fueron a parar muchos gitanos en busca de trabajo, situación que propició la llegada del cante hace más de dos siglos. En esta tierra nace la seguiriya y, probablemente, la bulería, y allí se concitaron nombres como los de Paco la Luz, El Loco Mateo, El Marrurro, Manuel Molina, Semita, Juanichi el Manijero, María Borrico, Tío Gregario, a Piriñaca, Mojama, Joaquín Lacherna, Tío José de Paula, Manuel Torre...

CÓRDOBA
El primer gran cantaor que se conoce en Córdoba fue tam­bién matador de)oros. Su nombre era Ricardo Moreno Mon­déjar, también (conocido como Juanelero el Feo y primer eslabón de una cadena de artistas conocidos como Los Media oreja o Los Onofre:-Éste artista recogió el estilo solearero de Triana en la versión de Ramón el Ollero y lo adaptó creando una modalidad cordobesa, como también ocurrió con las alegrías de Cádiz, que Mondéjar matizó para crear unas con nombre propio. Pero Córdoba también destaca por su amplia variedad de fandangos, todos de corte abandolao. En Cabra se da un estilo cuyo mayor artífice es Cayetano Muriel, mien­tras que en Lucena se puede contemplar un abanico de cantes que se diferencian en los fandangos de Dolores de la Huerta, los de Rafael Rivas y los de la calle Rute. Todos ellos han sido magníficamente interpretados en los últimos tiem­pos por Antonio Ranchal y Pedro Lavado. Finalmente, en Puente Genil se crea el zángano, pieza que divulgó en los años sesenta Fosforito y que legó José Bedmar el Seco. Asimismo, en la provincia cordobesa hay también un amplio glosario de cantes campesinos, como la trilla, la temporera y la pajarona. Además, a esta provincia se atribuye la creación de la serrana. Hoy día, con Fosforito ya retirado, los representantes más importantes de esta zona son El Pele, Luis de Córdoba, Antonio de Patrocinio, El Calli, Inmaculada Aguilar, Concha Calero, Mario Maya o Joaquín Cortés.

GRANADA
Esta provincia merece un estudio singular, pues allí sigue perdurando un estilo eminentemente folclórico que aún no ha sido elevado a la categoría de género artístico: la zam­bra. En realidad éste es el nombre genérico con que se denominan tanto a los espectáculos que realizan los gitanos en el Sacromonte como a las salas en los que se desa­rrollan. Uno de los primeros intérpretes de zambra de los que se tiene referencia es El Gujón, pero también se puede hablar de La Golondrina, Pepa Amaya, Lola Medina, Rosa la Faraona, María la Ganastera y, más recientemente, Los Habichuela, saga liderada por Tía Marina.
También es de referencia obligada el cante por fandangos creado por Frasquito Yerbagüena y, claro está, la granaína y media granaína, que si bien no tienen su origen en Granada, pues fueron creadas por Antonio Ghacón, sí han sido acogi­das por la provincia como cantes de la tierra. Finalmente, otro estilo con sello propio de la zona es el tango de Graná, una variante a ritmo más lento y cadencias graves. Actualmente, uno de los mayores representantes de esta provincia es Enrique Morente, destacando también al baile Eva la Yerbabuena.

HUELVA
Huelva es la cuna del fandango. A lo largo y ancho de la pro­vincia se distinguen varios núcleos creadores: Alosno -el más antiguo y cabeza de todo El Andévalo-, la sierra y la capital. Toda la riquísima herencia folclórica de la provincia se comenzó a convertir en expresión onubense a partir de 1800, cuando el arqueólogo e ingeniero francés Ernesto Deligny redescubrió las minas de Alosno. A partir de ahí se han podido estudiar una infinidad de estilos diferentes, destacando en su ejecución cuatro artistas puntales: José Rebollo, Paco Isidro, Antonio Rengel y Paco Toronjo. Entre los estilos más conocidos están los de Alosno, los choque­ros, los de Almonaster, los de Santa Eulalia, los de El Cerro de Andévalo, los de Encinasola, los de Calañas y los de Cabezas Rubias.

JAÉN
El núcleo creador de la provincia de Jaén gira en torno al eje Linares-La Carolina. Al igual que en Almería el cante llega a esta zona gracias al auge minero, por lo que su principal estilo es la taranta, liderada por El Tonto de Linares, La Niña de Linares, Basilio, El Cabrerillo, Gabriel Moreno y, actualmente, Carmen Linares. También se dan en esta zona los cantes por temporeras, destacando la aceitunera. Uno de los más importantes representantes de su historia fue el cantaor de Andújar Rafael Romero el Gallina.

MÁLAGA
Esta provincia es la más opulenta en los estilos abandolaos. Partiendo del mítico Juan Breva, en Málaga se pueden reseñar multitud de buenos cantaores, pero, ante todo, hay que distinguir entre los tres grupos estilísticos dominantes: la verdial -canciones folclóricas propias de La Axarquía-, el fandango abandolao y la malagueña. En este último cante es necesario hablar de La Trini, El Pena, El Canario, El Perote, El Maestro Ojana, Baldomero Pacheco y El Cojo de Málaga, aunque también es obligatorio mencionar a otros artistas no malagueños como a Peñaranda -Cartagena-, El Per­sonita -Jaén- o, sobre todo, El Mellizo -Cádiz- y Antonio Chacón -Jerez-, Entretanto, en el apartado de los abando­laos hay que diferenciar entre los fandangos de la sierra -ban­dolás y rondeña chica y grande- y los de la costa -jabegote o cante del marengo-, además de otro originario de la capital: la jabera. En cuanto a los cantes festeros Málaga también es la cuna de los tangos de El Piyayo y de algunos estilos de La Repompa. También se atribuye a esta provincia la creación del polo y la caña, ya que Tobalo, el cantaor que supuestamente les dio forma, era de Ronda.

SEVILLA
En esta provincia, la atribución de los cantes se distribuye por cuatro grandes núcleos: Triana, Utrera, Alcalá de Guadaíra y Lebrija. Del arrabal sevillano surgen la toná, la soleá y sus varian­tes, el tango y varios estilos de seguiriya. Desde allí, donde forjaron su arte Frasco el Colorao, El Ollero, Los Cagancho, La Andonda, Tío Noriega, El Matrona, Tomás y Pastora Pavón, El Culata, El Arenero, Márquez el Zapatero, El Sordillo, Manuel Oliver o Paco Taranto, el cante parte hacia otros pueblos, de manera que en Alcalá de Guadaíra surge un estilo caracteristico de soleá de la mano de Los Gordos.
Otro caso es el de Utrera, donde se asienta la jerezana Mercé la Serneta para crear una melodía legítima y genuina por soleá a la que se le une después Rosario la del Colorao o Los Perrate, así como Las Niñas de Utrera, Fernanda y Bernarda.
Esta población ha mantenido desde siempre un contacto directo con Lebrija gracias al ferrocarril, por lo que, por ejemplo, la saga de Los Pinini, iniciada por Papá Benito, está dividida entre ambas localidades. Históricas son también las figuras de Diego el Lebrijano o Juaniquín, este último dueño de un estilo de soleá, como las de Antonia Pozo, La Rumbilla -de donde proceden los Valencia- y La Perrata, madre de Juan Peña el Lebrijano.

 
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