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Los
orígenes de la ciudad de Sevilla, investigados por analistas
e historiadores durante varios siglos, han suscitado no pocas
polémicas acerca de su fundación. Las versiones
y opiniones al respecto son de lo más variadas: desde que
fue el centro impulsor de la cultura del «vaso campaneiforme»,
pasando por ser identificada como la famosa Tharsis, hasta llegar
a Hércules, quien, según la tradición, marcó
con seis pilares de piedra el lugar donde Julio César fundaría
la ciudad. Este ilustre general romano le dio el nombre de Iulia
Romula Híspalis: Iulia por su propio nombre, Romula por
el de Roma, e Hispalis por estar edificada sobre postes cavados
en el suelo.
Esta
última leyenda, muy arraigada en la conciencia popular,
hizo que en el siglo XVI los sevillanos levantaran dos estatuas
en honor a Hércules y César que hoy pueden contemplarse
en la Alameda de Hércules.
Con
bases más firmes y certeras, se sabe que la ciudad tuvo
sus comienzos cuando los turdetanos, pueblo íbero heredero
de Tartesos, crean en el siglo VIII a.C. un pequeño poblado
a orillas del Guadalquivir al que llaman Ispal. Los habitantes
de este territorio desarrollaron un activo comercio que atrajo
a viajeros de muy distinta procedencia, en su mayoría,
griegos, fenicios y cartagineses.
La
pequeña ciudad sería arrasada en el siglo II a.C.
por los cartagineses y no sería reconstruida hasta la llegada
de los romanos.
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