En
la comarca de la Campiña, a 43 kilómetros al sureste
de la capital de la provincia, se sitúa el núcleo
urbano de Los Molares, en cuya silueta destaca por su especial
impronta, la presencia del hermoso castillo que, desgraciadamente,
no se encuentra restaurado como, por su importancia artística
y arquitectónico, merecería.
Los
antecedentes históricos del lugar que hoy ocupa esta
localidad y su territorio, poseen un inequívoco sello
romano, como dejan deducir los abundantes restos arqueológicos,
lo que hace pensar que en las inmediaciones se alzaba la ciudad
latina de Salpesa o Alpesa. Tras los romanos, la villa es probable
que se despoblara hasta la época musulmana que, a partir
del siglo VIII, convertirían el lugar en una alquería.
Con
la dominación castellana en tiempos de Fernando III,
la dehesa quedó en el olvido hasta que el rey Fernando
IV, en el siglo XIV, la concedió a Lope Chico en reconocimiento
a su participación activa en la Reconquista. Se llamaba
entonces El Molar, y la entrega señorial se efectuó
a cambio de que el linaje de los Chico defendiera la comarca
utrerana de posibles incursiones árabes. El temor a los
Nazaríes de Granada, cuyo reino se acercaba peligrosamente
a estas tierras, motivó la construcción de un
palacio fortificado en tiempos del nuevo propietario Lope Gutiérrez
de Toledo. Al calor del recinto fortificado fue acudiendo la
población al núcleo.
En
1.430, el castillo se entrega a la familia Ribera, Duques de
Medinacelli, convirtiéndose en el principal centro de
operaciones de la lucha contra los musulmanes de Granada. Con
la abolición de los mayorazgos, los Medinacelli vendieron
su propiedad y las transacciones se fueron sucediendo hasta
que en 1.886, pasó a manos del Marqués de San
Marcial, Enrique de la Cuadra, quien restauró la fortaleza
hasta darle su aspecto actual.
En
la evolución histórica del núcleo urbano,
pueden apreciarse 4 etapas claramente diferenciadas, la más
antigua de las cuales se extendería por las manzanas
de la Iglesia, el castillo y el ayuntamiento así como
otras edificaciones en su entorno más inmediato. Una
primera expansión a partir de este núcleo originario
se realiza en dirección oeste y noreste, consolidándose
la parte central del núcleo con su aspecto actual. A
una tercera fase de crecimiento, se deben las expansiones en
la Barriada del Prado, el Campo de Fútbol, la zona del
Polideportivo y otras expansiones puntuales en dirección
norte. La última fase en el desarrollo urbano de la villa
es muy reciente y se corresponde con la ocupación de
la zona de El Palomar.
La
estructura urbana que presenta el núcleo en la actualidad,
se corresponde con la de un núcleo con crecimiento en
estrella, apoyándose en los 4 caminos principales que,
en forma de aspas, surgen del pueblo, lo que ha determinado
un entramado urbano con predominio de las manzanas alargadas,
en su mayor parte con dirección este-oeste, excepto en
aquellas que se apoyan en los caminos que se dirigen hacia el
noreste y noroeste.
Además
del ya mencionado castillo, es de destacar entre el patrimonio
monumental del municipio, la Iglesia Parroquial de Santa Marta,
templo mudéjar de planta de cruz latina y reformado en
varias ocasiones.